La
primera vez que lo vi parecía
un pato. Tenía esos 'shorts' beige
y esos enormes zapatos blancos de golf sin
medias, y caminaba detrás de mí por
el campo del Club Campestre, donde yo jugaba
el abierto de 1988. Era el 7 de agosto y él
tenía 6 años y medio.
Me impresionó mucho el interés
y la concentración que tenía
al verme jugar. Me siguió en el campo
y en la premiación, no quiso perderse
ningún detalle. Se enamoró del
juego inmediatamente. Recuerdo que en algún
momento, entre un sinnúmero de niños,
lo escuché decirle a su hermano: 'Manuel,
este es con el que tenemos que tomar clases'.
Yo giré la cabeza, lo miré y
le sonreí. Él me devolvió el
gesto. Estoy seguro que, desde que cogió por
primera vez un palo de golf, quería
ser profesional.
Era menudo, muy menudo.
En la primera clase ya noté su agilidad. Se veía
demasiado suelto. 'Parece un tornillo, ¿no,
'Mudo'?, me decía el presidente del
Club Campestre cuando lo veía tomar
clases los domingos muy temprano. ¡Ah!,
es que a mí me dicen 'El Mudo' porque
no hablo nadita, ¿no se nota?
Desde entonces, todos los días le mostraba mi dedo índice. '¿Qué número
es este, Camilo?'. 'El uno'. '¿Y qué vas a ser tú?'. '¡El
número uno!'. Siempre traté, y trato, de manejarle su psicología
y su berraquera, decirle que va a ser el primero. Él me entiende porque
siempre ha sido muy agresivo. El mejor psicólogo deportivo del mundo
se llama Rogelio González. ¡Sí, señor! Yo primero
les preparo la mente y después les enseño a jugar golf. Es fácil,
si la mente no está bien no puede jugar bien, y la falencia de los campeones
deportivos que hemos preparado en Colombia está en la fortaleza mental.
Póngame atención: Uno, gira.
Dos, pasa. Tres, va delante de la bola. Cuatro,
termina. Hasta cuando mis alumnos consiguen
hacer estos movimientos, ahí sí cogen
un palo de golf. Así también
hacía Camilo", le dice a un golfista
de 7 años, sin perder el impulso de
su relato.
"En sus principios le molestaba mucho fallar
la bola. Se enojaba con él mismo.
Por eso me tocaba estar siempre al pie del
cañón para frenarlo y que entendiera
que esa no era la forma de llegar a la cima.
Una vez llamé a Luz Marina, su mamá,
y le puse la queja: 'Sabes, Camilo no se
portó bien hoy', y él, por
orden de la mamá, me llamó esa
noche a la casa a pedirme disculpas. Al otro
día, antes de saludarlo, le pregunté:
'¿Qué disposición tienes
hoy?', y sin dudarlo me dijo 'la mejor'.
En ese entonces empezamos a conocernos por
dentro y por fuera de la cancha. Formamos
su swing. A los 10 años mostraba que era un niño especial.
Ya jugaba como un profesional. Arrasó en todas las categorías
que jugó: infantil, juvenil, ganó el Scratch (torneo sin handicap)
a los 13 años, ganó el abierto de Colombia cinco veces. una de
ellas con récord de campo, y eso que era amateur.
No pasaba un torneo en el que Camilo y yo no habláramos antes y después
de que él jugara. Me llamaba y yo le preguntaba cómo le estaba
saliendo la bola para ver qué tenía que corregir. Siempre le
repetía: 'Disfrute jugando, hermano, que si sufre no aprende'.
Era muy juicioso y comprometido,
tanto en el colegio como en el deporte,
pero nunca dejó de hacer nada que fuera normal
en su juventud. No se privó de rumbear,
ni de salir, ni de ser muchacho. Y, fuera
de eso, ha tenido siempre la fortuna de que
su público no es sólo masculino,
sino que también le gusta mucho a
las niñas. Como dijo un periodista
en Estados Unidos, Camilo Villegas tiene
el porte y el glamur de un gran golfista,
y su ropa lo hace ver diferente. ¡Ah!,
y dijo también que es como la Kournikova
del golf. ¿Qué tal?".
Interrumpe de nuevo.
Está dando clase,
como siempre. "No, hermano, pegarle a la
bola es como acariciar a la novia, si la
acariciás donde no es la dañás.
Eso está mejor, qué belleza
de tiro, partner".
"Una vez, cuando tenía 16 años,
se fue un mes para Orlando (Florida) a una
academia. Todo el mundo pensó que
iba a llegar hecho un berraco, un fenómeno.
Pero, cuando volvió, me habló y
me contó que le habían dicho
que para hacer una corrección de un
problema de movimiento que tenía en
su rodilla se demoraría un año.
Yo lo dejé dos meses que practicara
como le habían dicho. Entre más
entrenaba, más mal jugaba. Fue entonces
que participó en un torneo en el Club
Campestre de Cali y los golfistas que antes
no le ganaban, lo superaron hasta por 20
golpes.
Esa tarde, apenas llegó a Medellín,
fue a buscarme al Club Campestre Llanogrande.
'¡Partner, partner!", me gritó,
'¿me das una clase?'. Lo miré fijamente
a los ojos y le pregunté: '¿Qué estás
viendo?'. 'Tu talega y tus bolas', respondió medio
desconcertado. 'Entonces, si te dejas entrenar
a lo Rogelio González, te corrijo
tu problema de rodilla en dos meses'. Y así fue.
Ese día, Camilo comprendió que
su profesor soy yo.
Yo he visto muchos jugadores
que se pierden por buscar la perfección en los movimientos
y en el swing. Jack Nicklaus, uno de los
grandes golfistas de la historia, le comentó una
vez a su profesor que estaba preocupado al
ver tantos talentos jóvenes en el
tour americano totalmente mecánicos.
La mecanización quita habilidad, creatividad. ¿O
si no cómo enfrentás la lluvia,
el viento, los árboles? Camilo tiene
eso, puede afrontar cualquier situación
en el campo.
La verdad es que en
mis 53 años en
el golf -desde los 11, cuando era caddie
del Club Campestre y me iba desde Envigado
trotando descalzo- sólo he visto a
dos personas con esa capacidad mental y física:
Tiger Woods y ¿quién?, pues
Camilo Villegas. Ese tipo parece que tuviera
hambre de jugar. Y, como para llegar a la
cima hay que pensar en cruzarla, y la cima
de Camilo Villegas siempre ha sido Tiger
Woods, lo tiene entre ceja y ceja.
Desde que Tiger empezó a sonar se convirtió en una fijación
para Camilo. Lo conoció en un mundial junior en San Diego (California)
en el 98 y de una vez lo señaló y dijo orgulloso: 'Ese es mi ídolo'.
Hoy la cosa ha cambiado, porque sé que piensa que Tiger sigue siendo
Tiger, pero es vencible. Algún día jugará mano a mano
con él. No se va a arrugar. Se lo aseguro. ¿No ve que Camilo
aprendió con mi estilo, el 'Envigado Style'?
Y van a ver, en las casas donde hay afiches
de Tiger Woods ahora va a haber de Camilo
Villegas.
¿Cómo el hombre Araña?
No sé. Claro que eso de la agachada
de hoy en día es un show de esos que
les gusta a los gringos.
"Déle que está hermoso. Esto tiene 280 yardas, y en subida. Pero
sabe qué, Camilo desde esa banca de allá atrás, con un drive,
puede pasar la bandera". Respira, corrige el agarre de su nuevo alumno y sigue
como si estuviera recitando.
"Por todo lo que hemos vivido Camilo y yo,
puedo asegurar que lo conozco muy bien. Lo
quiero como si fuera mi hijo. Además
soy muy unido a su familia. Sus papás
están felices porque siempre lo apoyaron
y nunca lo presionaron para que fuera un
Tiger Woods de 7 años, error que cometen
muchos padres. Ellos querían que se
graduara de la universidad y se graduó con
honores. Está en el Hall de la Fama
de la Universidad de la Florida no sólo
por ser buen golfista sino por ser buen estudiante.
Antes del torneo del
Doral, en el que quedó de
segundo -a un golpe de Tiger Woods-, hablé con él
por teléfono. Me dijo que tenía
mucha confianza, que andaba física
y anímicamente bien. Entonces le recomendé que
fuera agresivo donde tenía que ser
agresivo y conservador donde debía
ser conservador. Yo estaba muy ilusionado
porque él ya había jugado en
esa cancha.
Voy a confesar una cosa
muy bonita: la mamá de
Camilo me informa la hora exacta a la que
va a salir, y yo a esa hora me mentalizo
en él y le rezo a Dios para que le
dé fuerza y control. Antes hablaba
por teléfono cada hoyo con la mamá,
hoy no. Para bajarle a la ansiedad ahora
hablamos cada seis.
La noche antes del último día en el Doral dormí más
o menos, pero el domingo me levanté tranquilo, sin nervios. Más
confiado que los otros tres días de competencia. Estaba seguro de que
Camilo iba a hacer grandes cosas. Por eso cuando Camilo aseguró el segundo
puesto, brinqué de mi silla como un resorte. Había 300 personas
conmigo que gritaron y se abrazaron. De un momento a otro, todos se pararon
a aplaudirme. Sentí un escalofrío en la piel, una sensación
extraña en mi cuerpo, como la primera vez que gané un torneo
de golf.
El celular no paró de sonar. Desde
Jamaica, desde Estados Unidos, desde Bogotá,
desde todos lados. 'Partner, tienes demasiado
buen jugador de golf contigo'; 'Te felicito,
'Mudito', es un gran honor para Colombia';
'Tu pupilo es un putas, viejo Roger'. Y yo,
cuando hablé con él después,
lo felicité. 'Fuiste una sensación,
los niños están felices'.
Cuando vea a Camilo
le voy a dar un abrazo y le voy a decir,
de nuevo, que estoy muy orgulloso de él. Que lo que está haciendo
es muy importante para los golfistas y para
el golf en general. Que va a despertar en
los niños una nueva ilusión,
van a querer emularlo y llegar hasta donde él
está".
'El Mudo' da media vuelta,
sonríe
con orgullo de maestro y soberbia de triunfador. " '¿Qué número
es este?' le dice a un pequeño de
11 años, campeón nacional,
que entrena en la jaula. 'El uno', responde
convencido. '¿Y qué vas a ser
tú?'. '¡El número uno!'... "De
aquí sale otro Camilo Villegas, van
a ver".
"Siempre le repetía:
disfrute jugando, hermano, que si sufre
no aprende".
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